Nuestra primera aventura importante

Un despertar a las 4 de la mañana, originó que Kitty y yo nos fueramos al Parque Nacional de Aigüestortes, a descubrir su maravillosa tranquilidad y vivir nuestra increíble aventura que no olvidaré.

Sus lagos, montañas… fue una experiencia inolvidable para ambos: Kitty y para mí.

El viaje comenzó a las 4 de la mañana, en el momento que salimos de Barcelona en coche… sin nada previsto. Por carretera, pasando por Lleida y luego subiendo hasta los Pirineos. Un largo camino en el cual se nos hizo de día.

Una vez allí, localizamos un camping que se transformaria nuestra base de operaciones, justo en la entrada del parque natural. Hay que tener en cuenta que el parque tiene prohibido entrar con vehículos para preservarlo.

Una vez preparada nuestra tienda de campaña, compramos una barra de pan y embutido. Caminamos por las carreteras para llegar a la entrada del parque natural.

El primer contacto nos muestra un camino de madera por encima de lo que es el bosque, a modo de puente. ¿El motivo? Permitir accesibilidad a las personas con problemas de mobilidad. No es algo que me entusiasmó, pero le daba un aire rústico… en el que el ser humano y la naturaleza se mantienen en simbiosi.

Seguimos caminando y nos encontramos con una bellas cascadas… ¡en pleno Agosto! Claro, al ser la entrada nos encontramos con personas tomando fotos. Parecía un parque de atracciones.

Nuestro camino continúa hasta el area de “picnic”. Allí, hay espacio de sobra para todos. Un lago con agua totalmente cristalina y que parece no tener fin… al final las montañas que tapan el horizonte. Parece un mundo totalmente mágico, en especial si vienes de la ciudad.

Hacemos nuestra primera parada, nos comemos media barra y proseguimos el viaje. Siguiendo algunas de las indicaciones del camino. Nos cruzamos con unos caballos, domésticos. Procuro acercarme a tocarlos, mientras Kitty se vuelve loca pensando que estoy cometiendo una insensatez. Nunca se sintió segura cerca de caballos, por ser tan grandes. Quizás incluso, podría ser la primera vez que veía a uno… no lo sé la verdad.

Después de esa anecdota graciosa, seguimos avanzando. Saltamos por precipicios, cruzamos en derrumbamiento de piedras gigantes de granito. Casi parecía algo épico. ¿Te imaginas cruzar sobre unos bloques cúbicos en los que tienes que moverte por sus aristas y debajo de ti solo hay precipicio? La caída, implicaba un riesgo digno de los vídeos graciosos realizados por norteamericanos. Kitty lo hacía estupendamente, pero en ocasiones se resbalaba con sus uñas… el cuál recuerdo ayudarnos conjuntamente apoyandonos mutuamente para no caer.

Seguimos avanzando y nos encontramos con un sapo. Uno bien “chulo”. No por su belleza, ¡no le temía a nada! La verdad que me impuso por su tamaño y su pasotismo al ver nuestra presencia. Lo dejamos tranquilo, aunque Kitty, tenia ganas de olerlo de cerca pero no estaba seguro si sería venenoso: no se lo permití.

Todo era increíble. Cascadas, montañas infinitas, bosque… ¿sería el paraíso? Y lo más curioso: ni una persona cerca. Nuestro objetivo era ver a las famosas “marta”, que son una especie de nútrias. Pero no tuvimos suerte.

Hizimos otra pausa para comer. Mi espalda me mataba por llevar una cámara réflex, un ordenador, diferentes objetivos y la comida necesaria para los dos.

Con la barriga llena, nos pusimos de nuevo en marcha, escalando una montaña. Kitty siempre fue algo orgullosa, pero en esta situación tuvimos que volver a trabajar en equipo, con muros de más de dos metros. Ella me necesitaba para continuar. Mientras subiamos, unos buitres nos sobrevolaban. No teniamos pensado ser su comida, por lo que vigilaba sus movimientos.

Una vez en la cima, nos vimos como unas nubes oscuras llegaban desde lo lejos… más rápido de lo que podriamos imaginar. Sin pensarlo, y viendo que se acercaba la noche, bajamos a toda velocidad para volver a nuestro refugio. ¿El problema? Nos movimos sin mapa, sin brújula y sin nada para orientarnos. ¿La solución? Volver a trabajar en equipo.

Kitty y yo nos complementamos perfectamente para guiarnos. En los tramos más altos, ella era capaz de orientarse para encontrar el camino de vuelta. En los tramos más bajos llenos de árboledas, era mi capacidad la que nos permitía guiarnos. Tuvimos que correr literalmente, la lluvía nos pisaba los talones. Si nos atrasabamos un poco andando, la lluvía caía sobre nosotros ¡literalmente!

Finalmente conseguimos llegar al refugio con una pequeña ventaja sobre la lluvía. Pedimos unos entrecots para cenar… bueno Kitty se quedó en el refugio sin apenas poder caminar… estaba literalmente agotada y al intentar levantarse le temblaban las piernas. ¡Esta perra siempre fue muy dura!

Cenamos juntos y al acostarnos comenzó a caer una lluvía intensa. Nos abrazamos, el fresco que hizo fue propio de días de invierno. A las 3:30 de la mañana, paró de llover. Mi curiosidad me hizó abrir el refugio y pude ver lo que había permitido esa lluvía intensa: el cielo más estrellado y despejado que había visto en mi vida.

¡Una experiencia única en la vida que jamás podré repetir!

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